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El cuarentón que escribe estas líneas estaba todavía en la universidad cuando llegaron las primeras noticias sobre la compra de los derechos del célebre manga Alita: Ángel de combate (también conocido como GUNNM) por parte nada menos que de James Cameron, un director fundamental en el cine de ciencia ficción contemporáneo y gran aficionado al manga y el anime.

Isabel I de Inglaterra siempre ha sido un personaje codiciado por cualquier actriz. Figura histórica “más grande que la vida”, fuerte, asexuada y con un aspecto físico de lo más llamativo, ya tuvo su aparición en los tiempos del cine mudo con el rostro, nada menos, de la legendaria Sarah Bernhardt, en el mediometraje de 1912 Les Amours de la reine Élisabeth (Louis Mercanton y Henri Desfontaines).

No fue un bombazo como, digamos, 8 apellidos vascos, pero Perdiendo el Norte (Nacho G. Velilla, 2015) tuvo el suficiente público como para que el imperio Atresmedia exprimiera el producto con una serie televisiva de efímera vida, y vuelva a hacerlo ahora con esta poco inspirada secuela, dirigida por el debutante Paco Caballero.

A Peter Farrelly no le falta experiencia en el género de las road movies. Junto a su hermano debutó con éxito en el cine dirigiendo un par de divertidísimas comedias protagonizadas por parejas sobre el asfalto: Dos tontos muy tontos (1994) y Vaya par de idiotas (1996).

Hay mucho nuevo bajo el sol de las neurociencias, y de hecho, es un sol que calienta cada vez más en áreas tan diversas como el estudio del comportamiento humano, la tecnología e incluso la economía o el derecho.

En los archivos de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos hay una fotografía muy curiosa, realizada por Alexander Gardner el 3 de octubre de 1862, en Antietam Maryland. En el centro de dicha imagen, se encuentra el presidente Lincoln, y en el extremo de la derecha, aparece el capitán George Armstrong Custer.

A este paso, la moda nostálgica de los 80 va a durar más que la propia década de los 80. Es comprensible: un servidor lleva mitificando y echando de menos aquellos años desde 1990, aunque también hay que admitir que nadie ha conseguido recuperar la esencia de aquel arte popular. Y es que, por fortuna o por desgracia, el pasado es irrecuperable.

En 2015 murió Oliver Sacks dejando un inédito que ahora podemos leer en la traducción de Damián Alou: El río de la memoria (Anagrama, Barcelona, 2018, 223 páginas). Es una colección de estudios de su especialidad que, según sabemos, fue tan amplia como la de un ensayista, sin alejarse de su concentración profesional como neurólogo. Me detengo en uno de ellos, el dedicado a lo falible de la memoria.

Alfonso Cuarón fue galardonado recientemente con el premio al mejor film en lengua extranjera y mejor director en los Globos de Oro por su película Roma. El director y escritor también ha sido elogiado por las cualidades fílmicas de la cinta y por las historias cotidianas que cuenta del México de la década de los setenta.

Richard Corben se labró su sólida reputación como historietista gracias a su trabajo en revistas orientadas a un público adulto, como Creepy o Heavy Metal, cuyos lectores se quedaron maravillados con su sentido del color, plasmación de la anatomía humana y fusión entre trazo underground y técnica realista.

En la década de los treinta del siglo pasado, el cine ya se había convertido en un medio de masas en todo el mundo, con 250 millones de personas acudiendo a las salas de proyección todas las semanas. Buscando entretener y emocionar al público –y de paso conseguir engordar las cifras de beneficios–, los estudios de Hollywood volvieron sus miradas hacia la ciencia ficción, comenzando a rodar películas que combinaban elementos de ese género con el del terror.

Siempre me han llamado la atención ‒y siempre he envidiado‒ la capacidad creativa de esos autores que recorren distintas disciplinas, sin necesidad de especializarse en ninguna de ellas. Tal es el caso de la barcelonesa Jo Alexander, cuya experiencia en los medios de comunicación se alterna con la música y con la literatura.

Esta película bien podría haberse llamado Drago, aunque en realidad para todos nosotros es Rocky VIII. La saga original, con sus números romanos, acabó en 1990, pero el personaje ha regresado en un larguísimo epílogo que ya cuenta con tres entregas: Rocky Balboa (Sylvester Stallone, 2006), Creed (Ryan Coogler, 2015) y ahora esta secuela de Creed, dirigida por Steven Caple Jr.

En este panorama audiovisual donde impera lo que llaman monoforma ‒con productos clónicos, algoritmos decidiendo cómo van a ser las películas y una abrumadora correción política‒, que a uno le gusten o no las obras de Lars von Trier es lo de menos a la hora de reconocer su valor.

Era inevitable que la aclamada y exitosa novela de James Baldwin fuera carne de adaptación cinematográfica. Ha tardado bastante en llegar a la pantalla, aunque hay que reconocer que en 1974, cuando se publicó, todavía no resultaba sencillo tratar temas como el racismo, la injusticia del sistema, o asuntos tan sensibles como las secuelas de una violación.

Como muchos de ustedes, aún jugaba con plastilina la primera vez que vi esta película. No es muy habitual, pero esta es una de esas producciones que mantienen intacto su atractivo tanto si la ve un niño como si la ve un anciano. ¿El motivo? Digamos que es una perfecta combinación de humor negro, misterio, comedia loca y romance, con un ritmo tan preciso como un chasqueo de dedos.

En 1973, el lanzamiento de este álbum sirvió de colofón a uno de los períodos más brillantes del rock progresivo. Tras el extraordinario debut de King Crimson (In the Court of the Crimson King), el estreno de Emerson, Lake & Palmer ‒igualmente clásico y asombroso‒ y el sinfonismo de Close to the Edge, de Yes, Selling England by the Pound vino a sellar la era de máximo esplendor de uno de los géneros de rock más elaborados y sugerentes.

Lejos de ser una casualidad, el éxito ‒ahora lo sabemos‒ funciona a partir de unas premisas bien estudiadas. No se trata de un fenómeno que nazca de una sucesión desconcertante de elementos. Al contrario. Quienes lo persiguen pueden estimar su probabilidad a partir de la experiencia ya disponible.

Aunque es un asunto del que se ha hablado quizá ya mucho, a veces de manera muy superficial, y hay quienes dudan incluso de que se pueda establecer tal comparación, lo cierto es que las similitudes entre Shakespeare y algunos (no todos) de los nuevos narradores de televisión, son quizá más de las que parece.

Fake news, el fenómeno del momento. La comidilla en los círculos políticos y mediáticos, y en las tertulias de café. Todos hablamos de fake news y, casi invariablemente, lo traducimos como noticias falsas. Sin embargo, debiéramos traducirlo como falsas noticias.