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Mamoru Hosoda, forjado como profesional todoterreno en el mundo de animación japonesa, dio el salto autoral en 2006 con La chica que saltaba a través del tiempo. Destaca por ser uno de los pocos directores que logran que sus películas se estrenen en los cines españoles, todo un logro para alegría de los fans del anime, un público no masivo pero muy fiel y entusiasta.

Las largas y muy rentables franquicias cinematográficas Saw y Destino final ya han perdido el gas, y en el mundillo del cine de presupuesto medio (tirando a bajo) nunca se pierde una oportunidad.

Vicente Blasco Ibáñez fue, en las tres primeras décadas del siglo XX, uno de los escritores más leídos del mundo. En lengua española, desde luego, el único en cuanto a tal cantidad de lectores. El periodismo y el cine –sólo llegó a conocer el mudo– colaboraron a este predicamento y hoy, cuando ya no ocupa aquel sitio en el palmarés letrado, sin embargo subsiste en las librerías.

Contrariamente a la mayor parte de los biopics actuales, este agridulce y elegante retrato del dúo cómico formado por Oliver Hardy y Stan Laurel no actualiza la personalidad de sus protagonistas, sino que invita al espectador a viajar en el tiempo, ejercitando así la nostalgia y la cinefilia.

Alejándose de las superproducciones o las versiones más o menos macarras que se han llevado a cabo en los últimos tiempos, el mito artúrico regresa en esta película de presupuesto más modesto, con un enfoque infantil-juvenil exento de cinismo o posmodernidad que es de agradecer.

Es conocido de todo el mundo, de un confín a otro del planeta, que los avances médicos han mejorado nuestra existencia a todos los niveles. Lo que ocurre, en mi opinión, es que esa unanimidad no siempre va acompañada por algo igualmente necesario: la comprensión de los cómos y los porqués de dichos avances.

Con esta película, el personaje de Carol Danvers emerge como una heroína adulta y confiada. Desde luego, no ha perdido el tono cordial y resuelto que formó parte de sus primeras apariciones en el cómic. Unos rasgos que, sumados a sus apabullantes poderes, convirtieron a la Capitana Marvel en una de las figuras femeninas más características de la Casa de las Ideas (es decir, del catálogo de personajes consolidado por la Editorial Marvel).

El reloj mental de Fernando Castillo necesita poco tiempo para adaptarse a cada paisaje. Como viajero, parece saber exactamente lo que busca en cada ruta y en cada destino. Al contrario de lo que sucede con los nómadas ocasionales, los ángulos y panorámicas de su memoria se ordenan aquí de forma meticulosa, completando una trayectoria elegante, ilustrada y desprovista de tópicos.

La muerte de Xabier Arzalluz ha promovido las habituales necrológicas, habitualmente encomiásticas, si vale la redundancia. El caso ha mostrado algunas fisuras que lastiman dicho encomio. Personalmente se me aparecieron tres figuras retóricas emitidas por el célebre jesuita y líder del aberchalismo.

Plácido Domingo comenzó su carrera cantando partes de barítono. A partir de 2009 aparcó su actividad tenoril para recuperar la baritonal con figuras paternas verdianas, en cabeza el Simon Boccanegra, personaje que el cantante en especial reverenciaba.

El título español de Please Stand By intenta llamar la atención de la afición trekkie a través del archiconocido saludo vulcano, y es que Star Trek tiene un papel muy importante en esta emotiva comedia dramática, adaptación de una obra de teatro escrita por Michael Golamco, quien también se ocupa del guión de la película.

Dice Nassim Nicholas Taleb que su lema en la vida es que "los matemáticos piensan en objetos y relaciones (definidas y construidas de manera precisa), los juristas y los expertos en leyes en categorías conceptuales, los lógicos en operadores abstractos y... los tontos en las palabras mismas".

Nos enfrentamos a un enigma cultural, muy enriquecedor y estimulante, cuyo potencial simbólico explora Gretchen E. Henderson en este inteligentísimo ensayo. Analizando en profundidad la iconografía antigua y moderna, Henderson nos presenta el fenómeno de la fealdad como si fuéramos tanto partícipes de su creación como observadores de sus efectos.

Ya hemos estado aquí antes. Hemos recorrido los paisajes de la Era Hiboria a través del cómic, el cine y la literatura, y conocemos sus principales hitos. Sin embargo, es un territorio imaginario tan fértil y poderoso que nunca se agota.

Las aventuras de Conan ubican su figura en el linde de un pasado legendario. Un tiempo bárbaro y también sofisticado, sin márgenes de confianza, donde la hechicería ocupa el lugar de la ciencia, y en el que empuñar un hacha de doble filo o un mandoble es un derecho legítimo.

La película Roma de Alfonso Cuarón ha dado lugar a juicios encontrados y extremos, lo que siempre añade interés al conjunto crítico. Se elogia su carácter de obra maestra o se la descalifica como pestiño. Yo no acudiría a semejantes diferencias pero sí al hecho de que la obra apunta en muy diversas direcciones y no acaba de resolverlas.

¿Por qué razón identificamos la magia con la tradición céltica, y no, pongamos por caso, con las leyendas mediterráneas? Tal vez porque los cuentos angloirlandeses nos han acompañado desde hace décadas a través del cine y la literatura, consolidando un estereotipo que nos fascina más allá de su geografía de origen.

Nacida en 1974 y tras pasar premiada por varios concursos internacionales, a punto de cumplimentar dos décadas de fructuosa carrera, la soprano albanesa Ermonela Jaho fue la gran triunfadora de La Traviata londinense que se ha podido disfrutar en la pantalla del Palacio de la Prensa madrileño, en esa remodelada y tan cómoda para el peatón Gran Vía que nos ha regalado la alcaldesa Carmena.

El cuarentón que escribe estas líneas estaba todavía en la universidad cuando llegaron las primeras noticias sobre la compra de los derechos del célebre manga Alita: Ángel de combate (también conocido como GUNNM) por parte nada menos que de James Cameron, un director fundamental en el cine de ciencia ficción contemporáneo y gran aficionado al manga y el anime.

Isabel I de Inglaterra siempre ha sido un personaje codiciado por cualquier actriz. Figura histórica “más grande que la vida”, fuerte, asexuada y con un aspecto físico de lo más llamativo, ya tuvo su aparición en los tiempos del cine mudo con el rostro, nada menos, de la legendaria Sarah Bernhardt, en el mediometraje de 1912 Les Amours de la reine Élisabeth (Louis Mercanton y Henri Desfontaines).

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