Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar). Colabora en el podcast Los Retronautas.

Imagen superior. "Astronaut Academy", de Dave Roman. Emerald City Comic Con, Seattle, Washington.

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Richard Corben se labró su sólida reputación como historietista gracias a su trabajo en revistas orientadas a un público adulto, como Creepy o Heavy Metal, cuyos lectores se quedaron maravillados con su sentido del color, plasmación de la anatomía humana y fusión entre trazo underground y técnica realista.

"Brick Bradford" (1933-1987)

El veterano periodista y director de periódico de Cleveland William Ritt estaba fascinado por las posibilidades que ofrecía el medio historietístico. Sus primeras incursiones en él no tuvieron demasiado éxito y duraron poco: Chip Collin's Adventures (con ilustraciones de Jack Wilhelm) y más tarde Gabby (dibujado por Joe King). Pero a la tercera fue la vencida.

En la década de los treinta del siglo pasado, el cine ya se había convertido en un medio de masas en todo el mundo, con 250 millones de personas acudiendo a las salas de proyección todas las semanas. Buscando entretener y emocionar al público –y de paso conseguir engordar las cifras de beneficios–, los estudios de Hollywood volvieron sus miradas hacia la ciencia ficción, comenzando a rodar películas que combinaban elementos de ese género con el del terror.

"Tom's A-Cold: A Tale" (1933), de John Collier

Al británico John Collier se le recuerda hoy sobre todo por sus cuentos fantásticos rebosantes de festiva ironía sobre tiendas mágicas, tratos con el diablo o plantas devoradoras de hombres que acechan en los invernaderos domésticos. Ironía, por cierto, que no siempre fue bien acogida por los sectores bienpensantes de la sociedad. En su primera novela, Su esposa mona o casado con un chimpancé (1930), un hombre regresa de su viaje a África con un simio llamado Emily, del que se enamora y con el que se acaba casando. El escándalo de este relato de amor entre especies –en realidad una sátira social– no impidió su éxito.

A lo largo de su prolongada historia y especialmente durante los años cincuenta, DC Comics presentó en sus series un buen número de personajes espaciales que sirvieron de puente entre la Golden Age de los treinta y la reinvención del género superheróico o Silver Age de mediados de los cincuenta: Star Hawkins, Tommy Tomorrow, Space Ranger, los Star Rovers, Manhunter 2070, los Caballeros Atómicos, Adam Strange, el Capitán Cometa... Entrada la década de los setenta, prácticamente todos había sido relegados al olvido.

Pese al estrepitoso fracaso de Una fantasía del porvenir (1930), la Fox, por alguna razón difícil de entender hoy, conservaba su fe en la fórmula que mezclaba el musical y la ciencia ficción. Y en 1933 estrenó It's Great to Be Alive, un remake de The Last Man on Earth (1924, una película muda con la misma premisa argumental) que se saldó en otro fiasco pese a contar con mayores bondades cinematográficas que el film de David Butler.

Murphy Anderson estaba cansado de ser el segundón de todas las series en las que participaba. Conocido sobre todo por entintar a Gil Kane en The Atom, a Carmine Infantino en Adam Strange y más adelante a Curt Swan en Superman, Anderson quería, por una vez, responsabilizarse de todo el apartado artístico de una serie en lugar de limitarse a entintar los lápices de sus más afamados colegas.

El optimismo inocentón de la ciencia ficción impulsada por Hugo Gernsback en sus publicaciones nos puede parecer hoy irrisorio, pero en su momento fue el intento más serio de extrapolación científica que se podía encontrar en el ámbito editorial norteamericano. No estaba escrita sólo para entretener, sino para instruir, lo que la diferenciaba de muchos otros relatos de la época, que tendían a relegar la ciencia a un segundo plano.

"La vida futura" (1933), de H.G. Wells

La carrera de Wells como escritor fue longeva, extendiéndose desde finales del siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial. Sus libros lo convirtieron en uno de los personajes más famosos del mundo.

En los años treinta, los estudios Universal fueron los líderes indiscutibles del género de terror con tintes de ciencia-ficción. Pero no fueron los únicos en cultivar este tipo de películas. De hecho, uno de los films más recomendables de esa tendencia fue esta adaptación de la Paramount de la clásica novela de H.G. Wells, La isla del Dr. Moreau (1896), en la que el tema del científico demente e irresponsable se mezclaba con la manipulación genética –aunque ese concepto era desconocido entonces– mezclando humanos y animales con consecuencias poco edificantes.

El mundo del pulp fue muy amplio. Pero rico en autores, publicaciones e ideas como fue, no resulta fácil encontrar historias canónicas, obras de gran calidad que marcaran el medio o narraciones literariamente dignas de reseñar. Ello obedece a diversas causas: la brevedad de muchos de los propios relatos; una estructura editorial voraz cuya prioridad era rellenar a tiempo las páginas de sus publicaciones por encima de consideraciones literarias; autores que, por sí mismos u obligados por los editores, se conformaban con seguir tópicos de probado éxito…

Gene Roddenberry fue un productor más prolífico de lo que habitualmente se cree. Conocido mundialmente como el creador de Star Trek (1966), Roddenberry desplegó más talento en otros proyectos menos famosos, entre ellos unos cuantos que no llegaron siquiera a la etapa de producción.

Nadie vio venir a Robocop y mucho menos los mismos espectadores que acabarían convirtiéndolo en un éxito. La película se anunciaba en tráilers y anuncios como un violento film de serie B, una derivada fantacientífica del género de drama policiaco más sucio que floreció en los setenta y ochenta. Pero además de constituir un giro refrescante –y especialmente sangriento- respecto a lo habitual en ese tipo de películas, también resultó ser sorprendentemente divertida, inesperadamente satírica y mordaz. En definitiva, un ilustre miembro de esa reducida categoría que podría denominarse “basura inteligente”.

A finales de los noventa, Marvel buscaba nuevos talentos con los que alimentar la parte creativa de la compañía tras una década de historias mediocres, tropiezos editoriales y fugas de guionistas y dibujantes. Y su presidente entonces, Joseph Calamari, dio con Joe Quesada y Jimmy Palmiotti, dos jóvenes dibujantes salidos de la escudería de Valiant que habían fundado su propia compañía, Event Comics, en 1994. Pero además de haber sido capaces de lanzar comics muy rentables con relativamente poco dinero, eran famosos en el mundillo no sólo de los tebeos sino también del cine. Sin duda fueron sus contactos allí una de las bazas que les ayudó a convencer a Calamari para que les nombrara co-editores en jefe de Marvel junto a Bob Harras.

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