Musicalia moral

Nunca sabremos qué música escucharon los griegos. Sin embargo, sí sabemos la importancia que a la música concedían, ya que sus saberes, personificados por las Musas, invocaban el mismo vocablo para ambas cosas, la música que suena y la palabra que dice y que piensa y se piensa mientras dice lo que dice.

En efecto, musikol era, para ellos, más o menos lo que entendemos por hombre educado y cultivado, hasta tal punto que Sócrates, en la República platónica, pide a Glaucón y a Damón que le enseñen los tonos y los ritmos de ese arte que él ignora. Por su parte, la musiké que imita las formas puras y las ideas, es más precisa que las disciplinas asentadas en el verbo, que sólo imitan la vida. En su Carta Séptima, Platón –según lo entiende su estudioso Guthrie– sostiene que aquello que más le importa no puede ser expresado por las palabras. Acaso, sí por el canto, que él recomendaba añadir al recitado de la poesía. Sócrates, por las suyas, evoca en el diálogo platónico Fedón un sueño en el cual una voz divina lo ordenó hacer música y él tradujo: filosofía.

El arte sonoro tenía para los griegos un valor moral. El alma era virtuosa en tanto sujeta por la armonía, mientras las disonancias caracterizaban el vicio. Su figura didáctica era la lira, cuyas notas elevadas o bajas valen como medidas éticas. Según tensamos sus cuerdas, el sonido nos eleva o nos rebaja. En otro diálogo de aquellos, el célebre Banquete, Erixímaco compara el funcionamiento del amor –el eros griego que se le parece aunque mucho habría que decir sobre el tema– con el de un instrumento que también se eleva o se hunde, se acelera o ralentiza, se asienta plácido en la ternura o se atropella en la emoción.

Al igual que la medicina y el clima, la música resuelve las contradicciones y concilia los opuestos, armónicamente, y celebra estos hallazgos cantando una melodía. Jowett, otro estudioso, entiende que todo este coloquio en forma de sobremesa sólo puede entenderse como una composición musical.

Platón propone en su ideal república la poesía y la música como partes esenciales en la educación de la juventud. Junto con la gimnasia, aseguran la armonía entre el alma y el cuerpo, que es la materialización visible de la virtud si se desarrolla armoniosamente, es decir: musicalmente. Sencillez, disciplina, nada de embriaguez ni de prostitución.

Como se ve, el legado griego en la materia, aunque silencioso de sonoridades, es rico en propuestas que van más allá del mero entretenimiento musical. Quien dice música dice moral y quien dice moral dice política, cosa pública, que es lo que significa república. Nuestros dirigentes deberían ser armoniosos, huir de las disonancias y mostrar disciplinados ritmos y convincentes melodías. Si decimos de un instrumentista que hace lo suyo con eximia calidad, que es un virtuoso, por algo será. Si no, que los griegos nos lo digan una vez más.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador admirado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint-Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015) y Alejo Carpentier y la música (2018).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina.

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