La viuda para siempre alegre

La viuda para siempre alegre Imagen superior: Ahmad Mesgarha, Lydia Teuscher y Günther Emmerich © Semperoper, Dresde. Matthias Creutziger.

Si en un posible test se le propusiera la palabra “opereta” a un aficionado a la música (o no tanto), es fácil que la contestación del demandado fuera, automáticamente, El murciélago. Y en segundo lugar, La viuda alegre. O puede que al revés. Porque tal es la popularidad o, mejor dicho, la asociación de esas dos obras con el género tan típicamente vienés.

La viuda alegre, de Franz Lehár, se estrenó en el Teatro an der Wien (de Viena, claro) el 30 de diciembre de 1905, donde antaño viera la luz La flauta mágica mozartiana. O sea, que es contemporánea de La vida breve, de Falla, Chérubin, de Massenet, y Amica, de Mascagni, con las que no tiene nada que ver ni musical ni estéticamente. Mizzi Günther fue la primera Hanna Glawari y Louis Treumann su conde Danilo. El éxito fue inmediato y en los siguientes años se extendió por toda Europa y América, traducida al checo, al noruego, al italiano, al croata, al francés, al inglés, al finés, al polaco, al letón… Y al español en 1909, en una adaptación en la que intervino, entre otros, el escritor gallego Manuel Linares Rivas.

Además del celebérrimo vals que es el motivo asociado al amor de los protagonistas, la canción de Vilya en la voz de la soprano principal al inicio el acto II fue objeto de infinidad de grabaciones por parte de cantantes de orígenes tan distintos y de personalidad tan opuestas como Renata Tebaldi, Joan Sutherland, Beverly Sills, Raina Kabavanska, Lucia Popp, Karita Mattila, Gwyneth Jones, Helen Donath, Carolina López-Moreno y un largo etcétera.

La obra, en la actualidad, aparece en las programaciones de la mayoría de los escenarios internacionales, bien dentro de la temporada operística oficial, bien en otra dedicada exclusivamente a la opereta, en escenarios casi con esa exclusiva dedicados a ella. De la primera forma se ha colado en la siempre interesante, así como variada propuesta lírica del Palacio de la Prensa madrileño, compartiendo espacios con Verdi, Mozart, Wagner, Beethoven, Rossini, Bellini, Massenet, Gounod y otros más. ¡Qué menos! Porque La viuda alegre es una obra maestra.

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Imagen superior: ballet de la Semperoper © Semperoper, Dresde. Matthias Creutziger.

Jérôme Savary, argentino de nacimiento luego nacionalizado francés y fallecido en 2013, desarrolló una dilatadísima carrera escénica, en teatro de prosa y verso y musical, además de ejercer otras funciones, como la de ponerse al frente durante siete años de la Opéra-Comique parisina. Savary realizó un espectáculo brillante, acorde con las posibilidades de la obra, trayéndola en el tiempo hacia la actualidad, incluyendo añadidos que ampliaron la duración sin jamás producir el aburrimiento y, como es costumbre en este tipo de obras, incluyendo con mucho tino lo que en el argot teatral se llama “morcillas”, o sea, incorporando diálogos o acciones no presentes en el texto original. Los decorados de Ezio Toffolutti (un París acertadamente colorista) y el variadísimo y a menudo sofisticado vestuario de Michel Dussarrat estuvieron bien destacados por la iluminación de Jan Seeger.

Savary contó para el proyecto con cantantes que como actores respondieron perfectamente a sus intenciones, incluyendo en la mayoría de los casos el físico adecuado a los mismos. La pareja central, Hanna Glawari y Danilo Danilowitsch, Petra-Maria Schnitzer y Bo Skovhus, estuvieron impecables. Dos cantantes que paralelamente desarrollan una actividad operística notable. Ella, contemporáneamente podía cantar Sieglinde y Elisabeth de Wagner o Agathe de Weber (normalmente al lado de su marido, el tenor Peter Seiffert); él, un muy apuesto y viril barítono lírico de timbre muy liviano (la parte a menudo la cantan también tenores), suele triunfar como el conde Almaviva mozartiano o el Oneguin de Chaikovsky. Los dos reflejaron sin problemas vocales ni actorales a sus agradecidos personajes.

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Imagen superior: Lydia Teuscher y Günther Emmerich © Semperoper, Dresde. Matthias Creutziger.

La segunda pareja no estuvo, sin embargo, a la misma altura. Lydia Teuscher, Valencienne, destacó más por su presencia y su graciosa personificación; Oliver Ringelhahn demostró estar un tanto por debajo de lo que permite Camile de Rosillon, aunque en su bellísima página solista hubo claras intenciones de lograrlo. Muy atentos a sus respectivas encomiendas el resto, en cabeza el maduro Günther Emmerlich (Barón Zeta) y el entregado actor Ahmad Mesgarha (Njegus) en el que puso mucho trabajo para divertir al público el director escénico.

Parte del éxito asimismo pertenece a la espléndida dirección orquestal de Manfred Honeck al frente de la Sächsisches Staatkapelle Dresden y del coro del teatro que aparte de cantar se movió por la escena con la requerida destreza. Excelente la parte coreográfica (el can-can sobre todo), organizada por Nadègo Maruta. Don Kent con sus cámaras estuvo atento a plasmar en toda la mejor dimensión el espectáculo.

La función tiene ya sus años, es de diciembre de 2007 (incluso se ha publicado en formato DVD), pero el tiempo no ha dañado su valor, una prueba más de la valía. De hecho, el mismo escenario donde se estrenó, el magnífico recinto de la Semperoper de Dresde, uno de los teatros más bellos de Alemania, tiene previsto reponerla en enero de 2019 con la soberbia cantante-actriz Marlis Petersen y el muy atractivo Pavol Breslik que, al hilo de lo ya detallado anteriormente, es un tenor.

El cine estaba prácticamente lleno. En una tarde madrileña lluviosa y fría es un buen logro para sus organizadores.

Copyright del artículo © Fernando Fraga. Reservados todos los derechos.

Fernando Fraga

Es uno de los estudiosos de la ópera más destacados de nuestro país. Desde 1980 se dedica al mundo de la música como crítico y conferenciante.

Tres años después comenzó a colaborar en Radio Clásica de Radio Nacional de España. Sus críticas y artículos aparecen habitualmente en la revista Scherzo.

Asimismo, es colaborador de otras publicaciones culturales, como Cuadernos Hispanoamericanos, Crítica de Arte, Ópera Actual, Ritmo y Revista de Occidente. Junto a Blas Matamoro, ha escrito los libros Vivir la ópera (1994), La ópera (1995), Morir para la ópera (1996) y Plácido Domingo: historia de una voz (1996).

Es autor de las monografías Rossini (1998), Verdi (2000), Simplemente divas (2014) y Maria Callas. El adiós a la diva (2017).

En colaboración con Enrique Pérez Adrián, escribió para Alianza Editorial Los mejores discos de ópera (2001) y Verdi y Wagner. Sus mejores grabaciones en DVD y CD (2013).

Copyright de la fotografía © Blas Matamoro.

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