La belleza del crimen

La belleza del crimen Imagen superior: Pixabay, CC.

Ya se lo ha etiquetado como “el asesino de Pioz”. Es Patrick Nogueira, brasileño, de 22 años, que asesinó a dos tíos y dos primos. Lo hizo tras convidar a unos con pizzas y al otro con una conversación nocturna en la puerta de su casa.

La decisión homicida fue segura y repetida: un degüello por la espalda. Así ultimó a unos cuantos de sus parientes más cercanos. No satisfecho con haberlo hecho, a la vez que cumplía su tarea, la iba narrando a un amigo por su móvil y se retrataba junto a los cadáveres y, enseguida, al lado de los restos pulcramente seccionados. Luego limpió la escena y se duchó, en un ejercicio de doble higiene.

El caso me recordó un par de ellos relativamente cercanos: el Carnicero de Milwakee y el Crimen del Rol. El primero era un hombre aparentemente destinado a encantar al mundo: rubio, alto, guapo, con unos ojos claros de dulce mirar. Mataba a sus amantes, unos jovencitos, acaso en el momento cimero del placer, viendo que nunca se mostraban más hermosos que en la agonía. Luego los troceaba y con sus cráneos construía una suerte de altarcillos privados ante los cuales les rendía culto. Sacralizaba a sus amores, como cualquier enamorado. Los retenía en la dura presencia de la muerte, insisto: como cualquier enamorado. El resto lo iba eliminando aquí y allá.

Los dos autores del Crimen del Rol organizaron unos itinerarios al azar, con una suerte de juego inventado por uno de ellos. Finalmente, asesinaron a su víctima, un hombre de 52 años, en una parada de autobús.

Ninguno de estos asesinos se movía por pasiones ni arrebatos emotivos o sanguíneos. Al contrario: en sus maniobras hay inteligencia, es decir capacidad mental de distinguir, y razón, es decir proporción entre los fines y los medios. De poco nos sirve admitir que estamos ante ejemplos de psicopatía, o sea un malestar psíquico como padecemos cualquiera de nosotros pero que, en vez de sufrirlo y angustiarnos, como las personas normales (léase: neuróticos) los psicópatas lo ponen en escena y lo actúan. Insisto: inteligencia y razón permanecen intactas. Incluso pueden convertirse en una poderosa ideología, armada hasta los dientes con la más avanzada y técnica industrial basada en la ciencia. Me refiero a un tal Adolf Hitler.

La defensa del asesino de Pioz argumenta que es inimputable porque le falla una neurona (tenemos 16.000 millones en la cabeza, tú y yo, querido anónimo que me lees). Ojalá que sea cierto. Lo digo en nombre del género humano, de sus espeluznantes miserias, que admito como nuestras. Si no hay un freno moral que actúe a tiempo, se ve que ni la inteligencia ni la razón sirven de nada. La pregunta sigue en el aire y no se me ocurrirá contestarla: ¿dónde están las razones inteligentes que nos permitan contar con el bien y el mal, con su aceptación, su distinción y nuestra libertad?

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador admirado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint-Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015) y Alejo Carpentier y la música (2018).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina.

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