"Daredevil: Diablo guardián" (1998), de Kevin Smith y Joe Quesada

A finales de los noventa, Marvel buscaba nuevos talentos con los que alimentar la parte creativa de la compañía tras una década de historias mediocres, tropiezos editoriales y fugas de guionistas y dibujantes. Y su presidente entonces, Joseph Calamari, dio con Joe Quesada y Jimmy Palmiotti, dos jóvenes dibujantes salidos de la escudería de Valiant que habían fundado su propia compañía, Event Comics, en 1994. Pero además de haber sido capaces de lanzar comics muy rentables con relativamente poco dinero, eran famosos en el mundillo no sólo de los tebeos sino también del cine. Sin duda fueron sus contactos allí una de las bazas que les ayudó a convencer a Calamari para que les nombrara co-editores en jefe de Marvel junto a Bob Harras.

Los jóvenes fichajes no recibieron precisamente una calurosa bienvenida por parte de sus compañeros. El presupuesto que se les otorgó y la carta blanca de la que hacían gala, les permitían no sólo tener acceso a mejores artistas sino también a coloristas e imprentas de mayor calidad, por lo que sus tebeos tenían mejor aspecto. El resto del staff de Marvel se sintió discriminado y receloso.

Pero dejando aparte las intrigas y tensiones editoriales, Quesada y Palmiotti recibieron el encargo de levantar cuatro colecciones: Daredevil, Inhumanos, Pantera Negra y el Punisher, todas ellos englobadas en un nuevo sello sobre el que tenían control total e independiente del otro editor de la compañía, el mentado Bob Harras. Tenían muy clara la política a seguir, tanto creativa como de marketing, y pusieron toda la carne en el asador, empezando por contratar a su amigo y colega de fiestas Kevin Smith, para que guionizara Daredevil.

Hoy el mundo del cine y el comic de superhéroes están íntimamente relacionados y no es raro ver creadores de un medio hacer incursiones en el otro. Por eso es difícil imaginar el impacto que supuso a finales de los noventa que el director Kevin Smith escribiera Daredevil. Antes de que torpedeara su propia carrera con una serie de películas poco afortunadas, Smith era un director de culto muy conocido y apreciado en los círculos de los aficionados al cómic. Había escrito tebeos antes, pero sólo insertos en su propio universo fílmico, así que Daredevil: Diablo guardián, historia que abarcó los ocho primeros números de la nueva colección, fue su primera incursión en el terreno de los superhéroes, una bocanada de aire fresco tras la mediocridad que había lastrado la trayectoria reciente del personaje.

Quesada y Palmiotti hicieron buen uso del as en la manga a la hora de promocionar esa resurrección del personaje bajo la forma de un nuevo volumen con una nueva numeración, desarrollando una intensa labor de marketing, asistiendo a convenciones, concediendo entrevistas, pidiendo favores a cambio de trabajos de ilustración, organizando fiestas a las que acudían personalidades de Hollywood… Marvel, en resumen, les dejó hacer y ellos se salieron con la suya y triunfaron, sentando las bases para el renacimiento de la editorial en el siglo XXI. Pero vayamos con Diablo guardián.

Una joven mamá adolescente deja a su bebé, al que dice haber concebido sin el concurso de varón alguno, en manos de un sorprendido Matt Murdock, afirmando que es el Mesías y que unos agentes del Diablo lo buscan para matarlo. Otro personaje, un distinguido anciano, se le presenta poco después en el despacho diciendo que el niño es el Anti-Cristo y que se lo entregue para encargarse de él. Pronto, la vida de Matt y de quienes le rodean empieza a derrumbarse: Karen Page reaparece presa de la desesperación tras averiguar que tiene SIDA; Foggy es acusado del asesinato de una clienta con la que se estaba acostando, engañando a su prometida; ambos son expulsados del bufete… Todo parece apuntar a que ese niño es una auténtica maldición y Daredevil no sabe en quién confiar. Su comportamiento se vuelve errático y cuestionable, separándolo de aquellos que siempre habían sido sus amigos. Presa de una crisis de fe, su trastorno mental llega a ser tan profundo que no sólo está a punto de asesinar al bebé sino de suicidarse él mismo. Pero como suele suceder con el personaje, hay una lógica y un propósito tras todos los sufrimientos que debe encajar y el guionista los utiliza para redefinirlo de cara al nuevo siglo.

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A primera vista, la premisa sobre la que se sostiene inicialmente la historia parece un tanto extraña para alguien tan apegado a la realidad de las calles neoyorquinas como Daredevil. No es que el héroe ciego no se hubiera enfrentado antes a amenazas sobrenaturales (recordemos su duelo con Mefisto en la etapa de Ann Nocenti), pero aún así, una trama con demonios y anticristos extraídos de la iconografía católica es ciertamente inusual para el urbano justiciero. Sin embargo, ése es precisamente su atractivo: Smith consigue insertar al héroe en un thriller ocultista sin traicionar en ningún momento la esencia del personaje y sí ofrecer un argumento novedoso. Presenta una serie de elementos y hechos desconcertantes que empujan a Daredevil por un sendero muy extraño. Por otra parte, forma parte del canon del héroe su religión católica, algo a lo que ya había apuntado Frank Miller tanto en Daredevil: Born Again como en el Elektra Lives Again. Kevin Smith es él mismo católico así que no escribe desde la lejanía. La crisis de fe y el complejo de culpa por haber dejado abandonada la práctica religiosa ocupa inicialmente un lugar central en la historia. Otro elemento que viene a introducir un grado adicional de desestabilización es la reaparición de la hacía algún tiempo olvidada Karen Page, su primer amor desde el comienzo de la colección –la relación con Elektra sería introducida como retrocontinuidad por Frank Miller en los ochenta‒, una mujer con graves dificultades que es clave en la trama.

Diablo guardián es, como las películas que escribe y dirige Kevin Smith, muy profusa en diálogos, lo cual no es en sí mismo ni bueno ni malo; simplemente, es una forma diferente de narrar estas historias poniendo, eso sí, mayor atención en la caracterización. Tenemos momentos tan brillantes como emotivos: la conversación con Spiderman sobre la eficacia de los superhéroes: “Todo el bien que intentamos hacer no puede contener el torrente de muerte e injusticia que amenaza con ahogarnos todos los días. Somos culpables de ser tiritas en un enfermo de lepra, pero nuestro orgullo nos hace creer que podemos marcar la diferencia”; o el sentido testamento de Karen Page en el último episodio del arco argumental… Smith, además, sabe dosificar sus textos: no sólo no los usa redundantemente al dibujo o los hace artificialmente líricos, sino que sabe marginar las palabras cuando la imagen las hace innecesarias, no dejando que el ritmo decaiga. Por otra parte, el guionista, conocido hasta ese momento sobre todo por sus comedias disparatadas, inserta algunos momentos y diálogos divertidos que no diluyen el por otra parte dramático y siniestro tono de la historia.

El dibujo de Joe Quesada es dinámico, robusto y expresivo, inclinado hacia la caricatura pero sin perder del todo el realismo ni despojar a sus rostros de las facciones humanas. Como anécdota cabe decir que, a diferencia de otros dibujantes de la época empeñados en convertir a los superhéroes (y heroínas) en modelos de revistas de moda, fue uno de los pocos artistas que han pasado por la colección (si no el único) que retrató a Matt Murdock como verdaderamente ciego, con sus pupilas carentes de vida y algo desviadas hacia arriba. Por lo demás, su rostro y su lenguaje corporal expresan bien el carrusel de emociones contradictorias que atraviesa el personaje en esta aventura, alternando la sutileza y el dramatismo ampuloso tan propio de los noventa, con posturas forzadas, acrobacias espectaculares o trayectorias imposibles para el cable de su bastón.

Su origen noventero también queda al descubierto en sus viñetas, recargadas de detalles decorativos ‒muy bien entintados por su socio y colaborador favorito, Jimmy Palmiotti‒ pero sin llegar al punto de parecer abarrotadas y exigir un esfuerzo al lector para distinguir lo que ocurre en ellas. La claustrofobia que deliberadamente quiere suscitar Quesada tiene como contrapartida la pérdida de algo de ese realismo urbano que otros autores habían utilizado para el personaje a lo largo de las décadas precedentes. Quesada prefiere utilizar el preciosismo, el dramatismo ampuloso y el profuso sombreado para crear una atmósfera desasosegante y abrumadora a tono con la historia. Además, se las arregla para insertar los abundantes bocadillos de diálogos de Smith sin perjudicar a los personajes o la acción. En resumen, pudiendo clasificar su estilo como “noventero”, ha envejecido mucho mejor que el de sus colegas más reputados de entonces, Jim Lee y Todd McFarlane, probablemente porque presta más atención a la narración y la composición que al postureo y el efectismo carente de sentido a efectos de contar una historia con imágenes.

Pues bien, con su intrigante punto de partida, sus temas sugerentes, las escenas muy bien escritas y un arte atractivo, el lector se sumerge en una aventura prometedora. Aunque claramente se apoya en la continuidad y universo de personajes de Daredevil, Smith mantiene a raya sus instintos de fan irredento, ofreciendo una historia autocontenida que incluso un recién llegado puede entender. Pero entonces aparece Bullseye y, de repente, lo que había venido siendo un thriller ocultista con toques de terror sobrenatural y psicológico se transforma en una historia de superhéroes más o menos ordinaria en la que aparecen cameos innecesarios como los del Doctor Extraño o Spiderman. Conforme se van dando explicaciones y se desvela el misterio, uno no puede evitar perder fuelle. El final no puede ser más tópico, con héroe y villano intercambiando pullas acerca de quién se ha comportado de forma más estúpida.

También puede discutirse la elección del villano, sin duda una sorpresa, aunque quizá no en el buen sentido. Y ello porque el plan que ha urdido éste es tan salvaje, tan complejo y ha implicado asesinar a tantos inocentes que no puede ser obra de una mente criminal sino de un auténtico sociópata psicótico. Otros comics de superhéroes (Batman: Silencio, Crisis de identidad, e incluso Superman: ¿Qué ocurrió con el Hombre del Mañana? han tratado de epatar al lector haciendo que el villano en la sombra sea tan improbable, tan inesperado, que fuera imposible deducirlo lógicamente. Smith va un paso más allá al hacer que éste ni siquiera sea un regular de la colección de Daredevil, sino un préstamo de otra y, además, de muy segunda fila. Un buen misterio es aquel que se construye sobre lo que sabemos, no el que pretende sorprendernos sin forma alguna de adivinarlo.

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Ese final estropea no sólo la conclusión sino que hace resaltar otros problemas previos. En el primer tercio de la historia se supone que ésta va a ser el estudio de un personaje dividido entre la lógica y la fe, entre sus firmes creencias católicas herencia de su madre y el pragmatismo y escepticismo legados por su padre boxeador y afianzados por su contacto con el lado más tenebroso del alma humana, tanto en su identidad de Daredevil como en la de Matt Murdock. Parece que el núcleo temático de la historia va a consistir en cómo en el momento en el que un creyente trata de dar sentido o justificar ciertos acontecimientos, puede caer en la locura o, como mínimo, en la zona más gris de la moralidad: ¿Debe morir un bebé si con ello se protegen las vidas de muchos otros? ¿No es esa la misión de Daredevil, proteger a los inocentes?

Es sin duda un dilema interesante, pero resulta difícil abordarlo desde el momento en que Daredevil no es él mismo. Dado que –como averiguamos a mitad de aventura- ha perdido el control sobre su mente e impulsos a consecuencia de una droga inoculada sin su conocimiento, ese debate sobre la fuerza de su fe es artificial, carece de sentido puesto que sólo es producto de una percepción trastornada. De la misma forma y por consiguiente, los diálogos que mantiene el protagonista con otros personajes, incluyendo su madre, acerca de la fe y de Dios quedan diluidos por una historia que, a la postre, no trata de eso sino de un villano utilizando sus trucos para sojuzgar a un héroe al que ha elegido casi por azar.

Pero no quiero que esta crítica haga pensar que estamos ante una historia totalmente fallida, porque no es así. Ya expuse sus puntos fuertes y una segunda lectura en la que ya se sabe hacia dónde se dirige la intriga, puede ser muy satisfactoria. Simplemente, es una buena aventura superheroica en lugar de ser una épica que transformara de verdad al personaje.

El problema es que tampoco puede abordarse como una historia ligera y divertida debido a la cantidad de muertes de inocentes que, aunque no gráficamente, inundan la trama, empezando por una masacre de recién nacidos en un hospital –que, por cierto, Smith no sabe cómo explicar‒ . Es como si el guionista comulgara con esa escuela moderna (a la que también podemos adscribir a Garth Ennis, Warren Ellis o Mark Millar) según la cual un crimen no es más que un desliz insignificante si no conlleva la muerte de al menos una docena de personas. Y eso nos lleva a la defunción de uno de los personajes principales. En una historia compleja sobre el Bien y el Mal, el Espíritu y la Redención, su deceso podría haber hallado una justificación coherente. Pero tal y como termina el asunto, esa muerte es absurda, no sirve a propósito alguno excepto a “hacer limpieza” en la colección, como si Smith (o su editor) hubieran querido dejar su huella indeleble metiendo, aunque sea con calzador, algo impactante que ningún otro guionista pueda rectificar (lo cual no quita para que el último capítulo, que cuenta las ramificaciones de la muerte de ese personaje, ofrezca momentos muy emotivos).

Tampoco me acaba de convencer del todo el tratamiento que da Smith a la monja-madre de Matt Murdock. En los años ochenta, en Daredevil: Born Again, Frank Miller hizo algo bastante extraño presentando a una monja que cuidaba al depauperado protagonista y que podía –o no‒ ser su madre. No estoy seguro de que ningún guionista optara por retomar esta idea y desarrollarla –quizá nadie sabía cómo o tampoco les pareció un acierto por parte de Miller y prefirieron olvidarla- pero Smith la rescata del limbo y desvela cualquier duda acerca de su identidad, obviando explicar por qué el héroe no la ha incluido en su vida durante los diez años anteriores.

Diablo guardián empieza como una historia sugerente y razonablemente autocontenida, comprensible siempre y cuando se tenga un conocimiento superficial del personaje sin necesidad de haber seguido toda su trayectoria. Tiene una primera parte muy interesante continuada por una segunda algo inferior y una resolución nada afortunada. No obstante, si se lee sin grandes expectativas –especialmente si se revisa, como dije, conociendo el final‒, resulta un arco argumental muy disfrutable, bien contado, escrito y dibujado, que mezcla lo absurdo con la tragedia añadiendo unas pizcas de humor aquí y allá. En los años transcurridos desde Diablo guardián, la reputación de Kevin Smith como guionista de cómics se ha visto erosionada por un encadenamiento de proyectos no entregados en fecha, obras dejadas sin terminar y trabajos menores para amigos suyos. Pero esta historia para Daredevil sigue siendo hoy, con todos los problemas descritos, una de las mejores lecturas del personaje en su larguísima trayectoria, una aproximación distinta tanto gráfica como conceptualmente y, creo que no me equivoco, el mejor trabajo de Smith dentro del mundo del cómic.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de viñetas, con licencia CC, y editado en Thesauro Cultural (TheCult.es) con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar). Colabora en el podcast Los Retronautas.

Imagen superior. "Astronaut Academy", de Dave Roman. Emerald City Comic Con, Seattle, Washington.

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