Cariocinesis política

Cariocinesis política Imagen superior: "El hombre controlador del universo" (1934), de Diego Rivera. Palacio de Bellas Artes (Ciudad de México).

Los organismos monocelulares se reproducen por cariocinesis. Una célula se divide por mitades que son, a su vez, células completas que replican al original dividido. Es como si en la célula misma estuvieran las dos hijas en potencia, esperando serlo en acto.

En los partidos de izquierda este procedimiento tiene historia. De ahí el latiguillo: todo izquierdista es divisible por dos. Algunas de estas subdivisiones son paradigmas: Marx contra Bakunin, Stalin contra Trotsky, la Cuarta Internacional contra la Quinta. Vale la pena pensar en estas constancias. Arriesgo un par de explicaciones.

Al revés que las derechas, que se concentran en conservar lo que hay, actualizarlo y resolver su permanencia de modo pragmático, las izquierdas son doctrinales. Tienen visiones del mundo distintas de lo dado, apuntan a la revolución o, al menos, a un cambio radical del modelo social. Por esto, cuando los puntos de vista divergen, como en todos los asuntos humanos, cada doctrina tacha a las demás de falsas, erróneas, traidoras, revisionistas o quintas columnas del enemigo infiltrado. Si se dispone de fuerzas policiales, los castigos pueden llegar a lo sangriento. Babeuf contra Robespierre en la revolución francesa, guillotina mediante, o las purgas de Moscú en 1936.

El otro factor de la cariocinesis es el aparato. Los partidos de izquierda, con buen criterio funcional, son conjuntos de aparachiks y estos cuadros actúan desde sí mismos. Son conservadores de su poder porque sólo el poder es político. Las masas son su sostén horizontal, pero sus jerarquías y obediencias son verticales.

Lo anterior es aplicable a ciertas anécdotas españolas de estas semanas. Los socialistas andaluces han tenido malos resultados y la dirección nacional, el Aparato, cuestiona a la local, el aparato: Pedro contra Susana, dicho bruscamente. En Podemos, a su vez, uno de los dos fundadores, Errejón, se escinde del otro, Iglesias. Lo curioso del caso es que ambas escenas suceden en los comienzos de una campaña electoral –autonómicas y municipales–. Es decir, en el peor momento para publicitar disidencias. Por qué se dan estos extremos es para pensarlo en otro lugar. Lo que importa es ver la cariocinesis provocada por el funcionamiento de los aparatos.

La diferencia es, a su vez, manifiesta en cuanto a historia. El PSOE es más que centenario, Podemos tiene apenas cinco años. Con la trayectoria ideológica de los socialistas se pueden escribir volúmenes. Con la de Podemos, unas cuantas cuartillas. Uno es claramente un partido, el otro es un vago movimiento. El punto crítico es la institucionalización. Podemos tuvo una etapa de amplia gesticulación hasta que sentó a su gente en los parlamentos y las alcaldías. En éstos no bastan las coletas, las camisetas, las zapatillas, las rastas y las cazadoras. Tampoco, según se ve, el empoderar a las masas, convocar asambleas y debatir ideas a la luz del día y en plena calle. Hay secreteos, decisiones en la sombra, sorpresas, escándalos y, finalmente, expulsiones y cismas. Finalmente o al comienzo, a pesar de sus diatribas contra la casta política, Iglesias es un veterano cuadro de las juventudes comunistas, un aparachik. Cuando sus referencias se han caído –Tsipras, el chavismo, Cinco Estrellas, la señora de Kirchner–, al movimiento sólo le queda el aparato. El que se mueve no sale en la foto. El que pretende ser cofundador como Errejón, es castigado por su insolencia. Fundador sólo hay uno, líder sólo hay uno, cúspide del aparato sólo hay una.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador admirado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint-Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015) y Alejo Carpentier y la música (2018).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina.

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