Blasco Ibáñez, de viva voz

Vicente Blasco Ibáñez fue, en las tres primeras décadas del siglo XX, uno de los escritores más leídos del mundo. En lengua española, desde luego, el único en cuanto a tal cantidad de lectores. El periodismo y el cine –sólo llegó a conocer el mudo– colaboraron a este predicamento y hoy, cuando ya no ocupa aquel sitio en el palmarés letrado, sin embargo subsiste en las librerías.

Buena parte de su obra es una colección de autorretratos y recuerdos, entretejidos ambos con historias del mundo político, crónicas de viajes y memorias personales. Lo salido de su proliferante pluma ha sido ordenado en sus obras completas pero una sección muy interesante de todo aquello permaneció disperso en publicaciones periódicas a las que concedió generosas entrevistas. Dos docenas de ellas han sido recuperadas por un par de infatigables hurgadores de archivos y hemerotecas, Emilio Sales y Francisco Fuster, en Vicente Blasco Ibáñez: Sueños de revolucionario. Entrevistas (Fórcola, Madrid, 2019, 237 páginas).

Ordenadas y pulidas, estas páginas son una suerte de autobiografía de viva voz. Años de bohemia, vocación muy precoz de folletinista (fue “negro” de Fernández y González y de Alarcón), militancia republicana que le vale cárcel, presidio y destierro en Italia y Francia, periodismo combativo, censuras y hasta miseria y hambre, a la vuelta de medio siglo dan en un escritor que se ha enriquecido y defiende la necesidad de la riqueza para colmarse de viajes, informaciones y cultura de alto nivel, indispensables para todo letrado. Vive en palacetes de Madrid y la Costa Azul, se codea con magnates de la prensa, estrellas del cine y gerifaltes de repúblicas y monarquías, viste como un figurín volanteando su Cadillac, se hace hacendado en la Argentina, circunda el mundo en un crucero de lujo, suma y sigue. Ha llegado a abominar de la política y propiciar una tiranía ilustrada. Su cosmopolitismo culmina en un exaltado españolismo. No obstante, insiste en atacar la dictadura del Directorio Militar con Primo de Rivera al frente y, sobre todo, al causante de todos los males nativos de España, Alfonso XIII.

Hasta qué punto cuanto don Vicente narra de sí mismo sea documentalmente objetivo, es arduo de saber y, en buena porción, imposible. Poco importa. También nuestras fantasías integran nuestra identidad y contienen realidades fantásticas inventadas por el deseo, no menos reales que lo inmediato y tangible de nuestra vida cotidiana.

Mención aparte merecen sus consideraciones sobre el cine. Pendiente como estuvo de todas las novedades que afectaran su propia difusión masiva, pensaba que el llamado séptimo arte equivalía a ser la novela del siglo XX. Desde luego, advirtió su pobreza literaria, debida a su mudez pero, en cambio, le adjudicó ventajas incomparables en materia de acción, ubicaciones fantasiosas y expresión corporal y gestual de los actores. Y así, a lo largo de décadas, Sangre y arena, Los cuatro jinetes del Apocalipsis, La barraca, Cañas y barro y etcétera, vienen insistiendo en las pantallas cinematográficas y televisivas de todo el mundo. ¿Un arte demasiado asequible por el bajo precio de sus entradas y, por ello, demasiado accesible a multitudes ignorantes y de escaso buen gusto? ¿Un factor de yanquización cultural del mundo? Un escritor favorecido por el gran éxito como él no podía hacer asco a nada de esto.

Más allá del caudal oceánico de su obra, Blasco Ibáñez dejó inconclusas, al menos, dos grandes tareas. Una, la adaptación del Quijote al cine mudo, tal vez porque el libro cervantino, entre muchas claves de lectura, posee la de ser una novela de aventuras, es decir lo que más le importó construir a don Vicente desde su niñez. Y dos: una novela pacifista que él tituló La juventud del mundo y que ya un editor norteamericano decidió que se dispersaría por dicho mundo como El quinto jinete del Apocalipsis. Por ambicioso, don Vicente que no quede: “Quiero demostrar que la humanidad aún está en su infancia (…) Nosotros, las generaciones del siglo veinte, representaríamos algo así como la prehistoria del siglo cuarenta.” Dicho de otro modo: hay vida después del Apocalipsis.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador admirado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint-Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015) y Alejo Carpentier y la música (2018).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina.

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