Clint Eastwood, el romanticismo cutre

Clint Eastwood ha decidido envejecer. Esto, para él, significa hacer de viejo en una película protagonizada enérgicamente por él mismo, es decir mostrar la ancianidad con el empuje de la juventud. De algún modo, desde los tiempos del justiciero Josey Wales y del detective Harry el Sucio –dos solitarios seductores y echaos palante– viene trazando minuciosamente su propio perfil.

El hombre que vive por su cuenta en un país inmenso, lleno de gente que hace lo mismo, es una de las enésimas variantes del romanticismo. El individuo como mundo propio acaba por volver extraño el mundo de los demás, con el cual guarda vínculos de competencia, muy cercanos a la guerra. Esta extrañeza mutua es un rasgo fuertemente romántico.

Con todo acierto, Clint ha insistido en esta tradición suya mediante su más reciente película, Mula. Es el director y protagonista, sin perder ese ceño fruncido en forma de V, que viene marcando su cara desde hace más de medio siglo. Ha tenido un asociado eficacísimo, el guionista Sam Dolnick, autor de una historia pausada y parabólica, servida por una prosa de diálogo concisa, certera, ocurrente y fluida. En fin: la ancestral fórmula del cine norteamericano: un buen filme parte ineludiblemente de un buen guión.

La historia es la del consabido solitario que, en este caso, es un hombre que rechaza identificarse con los demás para identificarse sólo consigo mismo, de tal modo que acaba siendo Nadie. Insisto: una suerte de existencialismo de la extrañeza. En efecto, es un veterano de Vietnam que no habla de la guerra, un divorciado al que su mujer no aguanta, un viejo verde a quien sólo hacen caso las prostitutas, un transportista que lleva en el maletero unas cargas de droga sin enterarse hasta que se entera, un colaborador del narcotráfico que se divierte como si la cosa fuera pasear por las infinitas autovías de los Estados Unidos cantando música pop. No cuento en final por obvias razones de buen hacer escrito.

El héroe romántico se torna antihéroe. Es un delincuente cutre que se mueve constantemente a bordo de su camioneta como si no pudiera arraigar en ningún sitio. Recorre unos paisajes desolados, a veces de una boscosidad opulenta que ni siquiera contempla y en los cuales aparecen instalaciones igualmente cutres donde la gente está de paso: moteles, bares de carretera, puticios, garages –de nuevo: cutres– con pistoleros cutres que sirven a un mafioso encerrado en un castillete de una opulencia cutre enmascarada de cursilería.

A pesar de todo y a favor de todo, Clint se las arregla para seducir. Su mujer moribunda acaba confesándole que lo ha amado toda la vida, la hija a cuya boda llegó tarde imita a su madre, su nieta lo ve tan heroico como él no lo es, las hetairas contratadas por el mafioso se lo disputan en la cama y, por fin, deslumbra al tribunal que lo juzga con un gesto que no he de revelar y que conduce a un remate de calculada ambigüedad.

El personaje tiene un sueño americano de tamaño cutre: cultivar una flor, una especie de lirio amarillo, que sólo dura un día. Es lo que duran las etapas de su viaje. El solitario no solamente es un fugitivo de su propio desarraigo, sino que es un desmemoriado que no tiene historia, salvo la que Clint Eastwood vuelve a contarnos desde hace más de medio siglo y ahora convierte en su cuarta o quinta juventud.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador admirado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint-Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015) y Alejo Carpentier y la música (2018).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina.

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