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Trestesauros500

Ya hemos estado aquí antes. Hemos recorrido los paisajes de la Era Hiboria a través del cómic, el cine y la literatura, y conocemos sus principales hitos. Sin embargo, es un territorio imaginario tan fértil y poderoso que nunca se agota.

Las aventuras de Conan ubican su figura en el linde de un pasado legendario. Un tiempo bárbaro y también sofisticado, sin márgenes de confianza, donde la hechicería ocupa el lugar de la ciencia, y en el que empuñar un hacha de doble filo o un mandoble es un derecho legítimo.

¿Por qué razón identificamos la magia con la tradición céltica, y no, pongamos por caso, con las leyendas mediterráneas? Tal vez porque los cuentos angloirlandeses nos han acompañado desde hace décadas a través del cine y la literatura, consolidando un estereotipo que nos fascina más allá de su geografía de origen.

¿La fecha? 2013. Ese es el año de publicación de este cómic. Es decir, tres años después de que Kevin Feige insinuara en la San Diego Comic-Con el rodaje de una película con los Guardianes de la Galalaxia como protagonistas.

Estamos ante una obra fundamental del cómic británico. Un cómic tan aventurero como ideológico, que debería ser de lectura obligada para todos aquellos que deseen comprender lo que supuso el tebeo inglés en la década de los ochenta.

Cualquier buen guionista sabe que una de las fórmulas más efectivas a la hora de plantear una aventura consiste en situar al personaje principal como un pez fuera del agua.

La vida (imaginaria) de Conan da para más de una época y para más de una dimensión. Contar lo que le pasó en escenarios y momentos que no le corresponden es lo que, hace años, ya se propusieron los guionistas de la añorada serie What If?

Tras no pocas preocupaciones en torno a la franquicia del Hombre Murciélago, Scott Snyder y Greg Capullo lograron lo impensable: el entusiasmo de crítica y publico, y en un sentido más amplio, la recuperación de una absoluta confianza en el personaje, incluso en los momentos más discutidos de la etapa New 52.

 Ahora que Hollywood ha descubierto una mina de oro en el cine de superhéroes, va siendo hora de que los recién llegados a este subgénero sepan que la historia de este último es casi centenaria. Y qué mejor moda de evidenciarlo que a través del superhombre por excelencia: ese kryptoniano valeroso y casi inmortal creado por Jerry Siegel y Joe Shuster el 18 de abril de 1938.

En los setenta presté una atención extrema a ciertas cosas, que por aquellos años yo consideraba indispensables. Una de ellas fue la serie de televisión El Planeta de los Simios (1974), cuya emisión me pareció un acontecimiento fabuloso. Un hito en toda regla.

¿Es recomendable este tomo recopilatorio? Sin duda, lo es. Nos hallamos ante un volumen sumamente atractivo que (casi) contiene todas las obras en las que Mike Mignola trabajó por encargo de DC. Esa ambición editorial convierte a este libro en una de esas novedades que cualquier admirador del padre de Hellboy debería atesorar en su biblioteca.

No hace falta que nos vayamos a 1927 para encontrar los principales referentes de este cómic. No obstante, algo de eso hay, porque entre sus pequeñas recompensas figura una alusión a London after Midnight, aquella mítica película de Lon Chaney, rodada ese año y perdida en las brumas del tiempo.

El hombre araña tiene características que ningún guionista debe ignorar. Con él, sentimos la cálida sensación de que es uno de los nuestros ‒se trata de un tipo corriente‒. Al decidirse por una vida peligrosa, no lo hace por razones grandilocuentes, y salvo en determinados momentos, su épica surge en las azoteas, en los pequeños centros comerciales o en los semáforos. Nunca enseña la cara a sus adversarios, pero nosotros sabemos que es un hombre entrañable, cercano y divertido.

A fines de los sesenta, los recetarios sociales de la posguerra pasaron de moda, y también lo hicieron ciertas claves culturales. Supongo que todo aquello comenzó con nuevos prescriptores de referencia ‒filósofos franceses, profesores californianos, rockeros de aquí y de allá‒, pero al final, todo encajó en el momento preciso.

En este volumen, brillante y cuidado hasta el más mínimo detalle, disfrutamos del arco argumental que consolidó la nueva etapa de Batman emprendida en 2011, dentro de la nueva continuidad de los Nuevos 52.

Una regla no escrita de los superhéroes es que, cada cierto tiempo, deben retornar a sus orígenes. Esto impide que pierdan la pureza que los caracterizó cuando emprendieron su cruzada contra el crimen.

Tal vez un rasgo de Batman aparece en cada uno de sus amigos y colaboradores. Tal vez el héroe original se difuminó para siempre para que esas cualidades prosperasen en sus herederos. Tal vez Gotham puede sobrevivir sin su principal protector, gracias a quienes defienden su legado.

Al otro lado de las viñetas tenemos al recordado guionista Len Wein y al dibujante John Higgins. Sabes que puedes confiar en sus cualidades narrativas en el justo instante en que abres las páginas de este cómic. Un tebeo que, además, nos brinda una oportunidad para echar de menos a un creador como Wein, cuya larga carrera estuvo llena de títulos formidables.

Pocos personajes de cómic que yo conozca son tan distintos como Cable y Masacre. El primero lleva la justicia enhebrada en su genética. Recordemos que es hijo de Cíclope y de la heroína/villana Madelyne Prior, clon de Jane Grey.

En ocasiones, el universo Marvel es como una serie de cajas chinas o como una muñeca matrioska: una historia dentro de otra historia dentro de otra historia. Esto es algo que uno llega a sentir cuando accede a macroseries como El Guantelete del Infinito, originalmente ideada por el guionista Jim Starlin y hecha realidad por los dibujantes George Pérez y Ron Lim.

Cuto es a la tradición de la historieta española lo que Tintin o  Spirou son a la francobelga. En España, el tebeo de este perfil ‒el protagonizado por un chaval aventurero, metido en mil complicaciones‒ lleva el nombre de Cuto, y créanme, ya va siendo hora de que las nuevas generaciones lo tengan en cuenta.

El árbol genealógico que prospera a partir del Lázaro de la Biblia incluye a sus tres hijos, Abraham Skybourne, Thomas Skybourne y Grace Skybourne, genéticamente superpoderosos y bendecidos con dos cualidades: una piel impenetrable y una biología inmortal.

Tras el guión de un tebeo puede haber toda una concepción del pasado y del presente. En este sentido, la nueva entrega del El Castigador está respaldada por un conocimiento histórico que, en algunos momentos, convierte a este cómic en una lectura que se podría añadir a otros testimonios reunidos en la miniserie documental La Guerra de Vietnam (The Vietnam War, 2017), escrita por Geoffrey C. Ward y dirigida por Ken Burns y Lynn Novick.

Con guión de Cullen Bunn y un estupendo trabajo gráfico del cántabro David Baldeón, Monsters Unleashed parte de una premisa que siempre funciona: un chaval a cargo de monstruos gigantes, enfrentados con criaturas de similar poderío.

El acento prioritario suele ponerse en la calidad de su trazo o en su versatilidad estilística, pero el mayor mérito del barcelonés Jesús Blasco (1919-1995) es su potencia narrativa. Por eso hay que leer con gran atención este magnífico volumen, donde ese mérito ‒y tantos otros‒ se expone en cada viñeta. No en vano, hablamos de uno de los mejores historietistas españoles ‒quizá el mejor‒, con una personalidad y una excelencia equiparables a las de los grandes dibujantes de cómic de su tiempo.

Comprendo perfectamente el hechizo que despierta el recuerdo de Watchmen (1986). Y también comprendo que Alan Moore decidiera no involucrarse en las precuelas de su obra maestra. ¡Vaya sí lo comprendo!

Surrealista es un calificativo bastante complejo. Los que no dominamos las disciplinas artisticas solemos apresurarnos a pronunciarla, a veces sin acierto, en un intento de catalogar a los pintores que buscan su inspiración en el imperio de los sueños. Paul Nash (1889-1946) fue un surrealista británico que se acoge bien a esa fórmula, sobre todo durante su etapa final.

Nos pasamos la vida diciendo: claro, Batman y Joker otra vez, con el cortocircuito moral de siempre, espoleados por una locura de la que, en el fondo, no se libra ninguno de los dos...

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