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Trestesauros500

Vicente Blasco Ibáñez fue, en las tres primeras décadas del siglo XX, uno de los escritores más leídos del mundo. En lengua española, desde luego, el único en cuanto a tal cantidad de lectores. El periodismo y el cine –sólo llegó a conocer el mudo– colaboraron a este predicamento y hoy, cuando ya no ocupa aquel sitio en el palmarés letrado, sin embargo subsiste en las librerías.

La muerte de Xabier Arzalluz ha promovido las habituales necrológicas, habitualmente encomiásticas, si vale la redundancia. El caso ha mostrado algunas fisuras que lastiman dicho encomio. Personalmente se me aparecieron tres figuras retóricas emitidas por el célebre jesuita y líder del aberchalismo.

La película Roma de Alfonso Cuarón ha dado lugar a juicios encontrados y extremos, lo que siempre añade interés al conjunto crítico. Se elogia su carácter de obra maestra o se la descalifica como pestiño. Yo no acudiría a semejantes diferencias pero sí al hecho de que la obra apunta en muy diversas direcciones y no acaba de resolverlas.

En 2015 murió Oliver Sacks dejando un inédito que ahora podemos leer en la traducción de Damián Alou: El río de la memoria (Anagrama, Barcelona, 2018, 223 páginas). Es una colección de estudios de su especialidad que, según sabemos, fue tan amplia como la de un ensayista, sin alejarse de su concentración profesional como neurólogo. Me detengo en uno de ellos, el dedicado a lo falible de la memoria.

Los organismos monocelulares se reproducen por cariocinesis. Una célula se divide por mitades que son, a su vez, células completas que replican al original dividido. Es como si en la célula misma estuvieran las dos hijas en potencia, esperando serlo en acto.

Nuestros libreros se ven cada vez más apurados cuando se trata de clasificar las secciones de sus locales. Les resulta difícil mantener un apartado de filosofía, en especial porque la escasa enseñanza de la materia en nuestros actuales currículos ha hecho decaer la demanda de los textos pertinentes. En otro sentido, una dificultad de género hace que muchos libros no se puedan situar cómodamente como filosofía o ensayo.

Xenius aparece a rachas en nuestras librerías aunque falta una edición ordenada de sus obras completas. No es un desconocido ni un olvidado, pero tampoco una referencia. Él mismo definió su historia como una suerte de constante y extraño purgatorio, lo cual lo sitúa –si es que se puede hablar de situación– como un escritor residual.

Entre las tantas costumbres que nos identifican, los animales humanos tenemos el simbolismo y la guerra. Emitimos símbolos que se transmiten de boca en boca, se escriben, se tallan, se edifican y se esculpen. Tienden a perdurar. La guerra, a la vez, propende a destruir y aniquilar. Esta extraña y despareja pareja ha llevado a Toni Montesinos a escribir No habrá muerte. Letras del Gulag y el nazismo de Boris Pasternak a Imre Kertèsz (Fórcola, Madrid, 2018, 241 páginas).

En su libro sobre Rahel Varnhagen (Historia de vida de una judía alemana en el romanticismo) Hannah Arendt deja caer una reflexión sobre el Quijote que puede incorporarse, en carácter de contrafaz, al espacio romántico germánico ocupado por la novela cervantina.

María Lavalle ha demostrado largamente su dominio de lenguas y estilos. Baste recordar memorables versiones suyas del fado portugués y la canción francesa. Ahora, en este compacto Canto al Sur (VOLCAN 132), con acompañamiento y dirección musical de Rafael Fernández Andújar y dirección artística de Rafael Flores Montenegro, se concentra en el castellano. Hay una curiosa excepción, el Tango griego, con la pertinente letra de Haris Alexiou. Es que el Sur que señala María Lavalle no es sólo el de América sino el de Europa: España y Grecia.

La vida de Héctor Tizón (1929-2012) empezó y terminó en la provincia de Jujuy, tierra de confín, donde la Quebrada argentina se orienta hacia el Altiplano de Bolivia o la alta meseta boliviana se abre en la Quebrada jujeña. Más concretamente, fue una vida en la que salió y volvió al punto nativo, el pueblo de Yala.

Un cierto doctor Guillotine fue el inventor de este aparato luego identificado con el Terror jacobino durante cierta fase de la revolución francesa. Lo consideró más humanitario porque aliviaba el dolor de la muerte violenta.

Se atribuye a Nietzsche esta advertencia: “Gusano, te han crecido alas y te has convertido en mariposa, pero sigues siendo un gusano.” La evoco para discurrir velozmente sobre algún aspecto de la política contemporánea y, a propósito de este adjetivo, recordar lo que Ortega y Gasset juzgaba sobre el siglo pasado: una época muy contemporánea y muy poco moderna. Parece que la corriente centuria ha decidido insistir en esa dicotomía.

Ya se lo ha etiquetado como “el asesino de Pioz”. Es Patrick Nogueira, brasileño, de 22 años, que asesinó a dos tíos y dos primos. Lo hizo tras convidar a unos con pizzas y al otro con una conversación nocturna en la puerta de su casa.

Los antiguos decían que la verdad es un acuerdo entre los hechos y la inteligencia, rei et intellectus. Más didácticamente: entre las cosas y las palabras. Con esta simple propuesta se llegó muy lejos, tan lejos que hasta nuestros días intentamos descifrarla. Por lo que he podido averiguar de los que más saben, la idea de verdad no es unívoca. Más bien parece una población que, vista a la distancia, es homogénea y, de cerca, se la comprueba dividida en tribus.

Era necesaria una biografía exhaustiva de Concepción Arenal (1820-1893) tras la recuperación de su memoria y buena parte de su obra, a veces de manera ecuánime, otras a favor del localismo gallego o cantábrico.

Alguna vez, Ortega y Gasset llamó la atención sobre el hecho de que las palabras inteligencia y elegancia tienen una raíz común: la eligentia latina, la cualidad de quien sabe elegir.

El tema del suicidio ha patrocinado numerosísimos estudios que, en su mayor parte, recurren a fuentes occidentales, especialmente europeas. Pero suicidas ha habido siempre y por todas partes. De ahí la utilidad del libro de Maurice Pinguet La muerte voluntaria en el Japón (traducción de Antonio Oviedo, editado por Adriana Hidalgo, 2017, 504 páginas).

El canadiense Glenn Gould (1932-1982) es uno de los mayores pianistas del siglo XX y este es un juicio que me atrevo a adjetivar de unánime aún entre quienes cuestionan tal o cual velocidad, tal o cual alternancia de fraseo en tal o cual de sus interpretaciones. No es exagerado considerarlo un genio, en el estricto sentido de creador de géneros, de ser un ejecutor de la música que la toca como si nadie antes lo hubiera hecho.

Sarah Bakewell publicó en 2016 En el café de los existencialistas (At the Existentialist Cafe: Freedom, Being, and Apricot Cocktails). Se trata de un ensayo biográfico muy bien estructurado, y a veces divertido, en el que repasa las figuras de los filósofos existencialistas y las de sus antecesores.

Tras un cumplido examen sobre el Tercer Reich y un panorama utilísimo del siglo XIX europeo (La lucha por el poder), el historiador inglés Richard Evans ofrece Contrafactuales ¿Y si todo hubiera sido diferente? (traducción de Guillem Usandizaga, Turner, Madrid, 192 páginas). Es un texto de lectura fluida donde se tratan, por junto, problemas de epistemología y filosofía de la historia, y fantasías de pasados y futuros que pueden o pudieron ser históricos.

En un curioso y exhaustivo libro, Asco. Teoría e historia de un fuerte sentimiento (1999), Winfried Menninghaus ha abordado un tema que, tras su aparente levedad, esconde uno de los fenómenos culturales más importantes.

Eugenides ya nos había admirado en, al menos, tres de sus novelas. En Las vírgenes suicidas, por cómo hacía al narrador víctima de un delirio gótico promovido por unas encantadoras adolescentes. En La trama nupcial, por su descripción de una juventud lanzada desde unos padres revolucionarios y bohemios liberales de los sesenta, a un mundo posmoderno, liberal pero abstracto por su falta de proyecto manifiesto. En Middlesex, por la prueba de fuego de cualquier novelista: poner en pie a un hermafrodita, al cual los demás ven claramente como varón o mujer, y él debe aprender a identificarse ante ellos y ante sí mismo.

Es sabido que el relumbrón internacional de Bergman se originó en el Río de la Plata. Más concretamente, en el Uruguay y aún más concretamente por la obra pionera del crítico Homero Alsina Thevenet. Se dio a mediados del siglo pasado lo que, por reducir el momento a unos pocos datos, se puede caracterizar por el existencialismo de posguerra.

Paul Valéry dijo alguna vez que Europa era una península asiática administrada por una comisión americana. También dijo que las civilizaciones habíamos comprendido que somos mortales. Lo dijo después de la primera guerra mundial y antes de la segunda. ¿Han perdido actualidad estas miradas sobre el mundo actual, una fórmula también valéryana?

La novela goza en el mundo literario de una fama ambivalente. Por un lado, es el depósito de los mayores éxitos de venta, aunque reducido a una suave aristocracia de firmas. No todas las novelas son best sellers pero sí todos los best sellers son novelas o novelerías, periferias novelescas como las biografías noveladas o las memorias y autobiografías sugeridas por los firmantes y escritas por los amanuenses.

Hace dos siglos se publicó la novela de Mary Shelley Frankenstein o El moderno Prometeo. Con esto de los mixturados gabinetes de ministros, la palabra ha cobrado una inesperada actualidad, seguramente efímera como suelen ser las actualidades.

Pertenezco a la promoción de jovencitos que estudiábamos la secundaria en los años cincuenta del siglo pasado. Teníamos un pretérito, si se quiere, más sencillo que el actual. La humanización de los primates databa de medio millón de años y los antepasados del hombre eran el australopiteco, el pitecántropo erecto y el neandertal.

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