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Isabel I de Inglaterra siempre ha sido un personaje codiciado por cualquier actriz. Figura histórica “más grande que la vida”, fuerte, asexuada y con un aspecto físico de lo más llamativo, ya tuvo su aparición en los tiempos del cine mudo con el rostro, nada menos, de la legendaria Sarah Bernhardt, en el mediometraje de 1912 Les Amours de la reine Élisabeth (Louis Mercanton y Henri Desfontaines).

El turbio y esperpéntico escándalo en torno a la patinadora artística Tonya Harding, sospechosa de organizar un ataque a su compañera y rival Nancy Kerrigan, fue carnaza para la prensa de todo el mundo en 1994, aunque se vivió con especial intensidad en Estados Unidos, al menos hasta que el juicio a O.J. Simpson tomó el relevo en el circo mediático.

Mi relación sentimental con el Escuadrón Suicida comenzó gracias a Paul Dini y Bruce Timm, creadores de Harley Quinn en la teleserie animada de Batman que comenzó a emitirse en 1992. Diez años después, cuando este personaje se integró en las filas del Escuadrón, me interesé por este peculiar equipo, creado en 1959 y renovado desde sus cimientos por John Ostrander en 1987.

Desde el imprescindible clásico de 1973 El Golpe, de George Roy Hill, los espectadores han aprendido a ver las películas de timadores con una mosca detrás de la oreja. Las posibilidades de que los protagonistas estén jugándosela no sólo a sus víctimas de ficción, sino también al público, son siempre altas, con lo cual el espectador avezado puede caer en un estado de escepticismo ante la narración que elimina la posible tensión dramática.

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